El «califato» sufre derrota tras derrota, pero no hay ni rastro de su líder, Abu Baker al Bagdadi, cuya última aparición fue un mensaje de voz en noviembre llamando a los suyos a resistir frente al avance del ejército iraquí en la ciudad de Mosul. El 16 de junio los rusos anunciaron que, «casi con total seguridad», el «califa» podía ser una de las decenas de víctimas mortales de un bombardeo que realizaron a las afueras de Raqqa en una reunión de mandos del grupo extremista, aunque Daesh nunca lo ha confirmado como suele hacer cuando pierde a uno de sus hombres fuertes.

Estados Unidos tampoco acepta la versión rusa y el general Stephen Townsend, comandante de la coalición internacional contra el «califato» en Irak y Siria, confirmó que «lo buscamos todos los días. No creo que esté muerto».

Hasta el momento han sido los estadounidenses los que se han apuntado las muertes de los yihadistas más importantes del autodenominado Daesh, como su número dos, Abu Ali al Anbari; el responsable militar del «califato», Abu Omar al Shishani; o el encargado de prensa, Abu Muhammad al Furqan. En el caso de Al Bagdadi, por quien ofrecen una recompensa de 25 millones de dólares, el general Townsend admitió no tener «ninguna idea» del lugar preciso donde se encontraría, aunque apuntó a la zona del valle del Éufrates que transcurre entre Siria e Irak como su posible refugio tras la pérdida de importantes bastiones yihadistas como Faluya, Ramadi, Mosul o Tal Afar.

Intentar matarlo

Los mandos estadounidenses piensan que, una vez concluida la lucha urbana contra Daesh en Raqqa y Deir Ezzor, en Siria, y Hawija y Qaim, en Irak, «el último combate será en el valle del Éufrates». Como ocurrió con Osama bin Laden en 2011 en Pakistán, el general Townsend fue muy claro a la hora de anunciar que «cuando lo encontremos, pienso que lo primero será intentar matarlo. Probablemente no vale la pena intentar capturarlo».

Si el último mensaje de voz de Al Baghdadi data de noviembre pasado, las primeras y únicas imágenes del «califa» son del verano de 2014 en Raqqa, cuando se presentó antes sus seguidores en la mezquita de Al Nouri -más tarde destruida por sus propios combatientes durante su retirada de la ciudad- días después de la proclamación del «califato» para exigir «obediencia» a los musulmanes de todo el mundo.

La breve historia de un «califato» que parece estar en las últimas ha sido tan mediática como reservado es su máximo responsable, a quien se conoce como «el califa invisible». En el años 2005, Estados Unidos anunció la muerte de un insurgente conocido entonces como Abu Dua, uno de sus apodos, pero luego reapareció en 2010 al frente del entonces llamado Estado Islámico en Irak (ISI), que era en aquellos días la rama oficial iraquí de Al Qaida (AQ). Ibrahim al Samarrai es su nombre verdadero, tiene 46 años y se unió a la insurgencia tras la invasión estadounidense de Irak, en la que creció a la sombra de Abu Musab al Zarqaui, uno de sus grandes ejemplos y líder de Al Qaida en Irak, junto con Bin Laden, máximo responsable de esta organziación. El sueño del «califato», sin embargo, pudo con su fidelidad a AQ y en 2013 rompió con esta organización para llevar a Daesh a lo más alto de la amenaza yihadista global.