Año 2004. 12 de octubreUn exaltado grupo de radicales chavistas asalta la estatua de Cristóbal Colón que preside la céntrica Plaza Venezuela de Caracas. El descubridor de América acaba de ser juzgado y condenado a muerte simbólicamente por el delito de genocidio. Tras colocar una soga en torno a la cabeza del descubridor, los exaltados tiran con violencia de la efigie hasta que cae desde lo alto de la columna que la sostiene y se parte en dos. Los asistentes braman enfervorizados. El arrastre de la escultura hasta el teatro Teresa Carreño precede a su definitiva ejecución en la horca, celebrada con bailes indígenas. El presidente Hugo Chávez, que había iniciado en 2002 su particular campaña contra el Descubrimiento de América y sus protagonistas, estableciendo por decreto el Día de la Resistencia Indígena en lugar del Día de la Raza, se confiesa entonces «escandalizado» en la intimidad de su guardia pretoriana. La muestra de odio provoca el rechazo mundial, especialmente el de los gobiernos de Italia y de España. Con el tiempo, el singular exégeta de Simón Bolívar y padre del hoy fracasado Socialismo del Siglo XXI terminará asumiendo el discurso más extremo: «Cristobal Colón fue el jefe de una invasión que produjo no una matanza, sino un genocidio».

Año 2017. 30 de agosto. Estados Unidos, la primera democracia del mundo. En el neoyorquino parque de Yonkers, un barrio muy cercano al conflictivo Bronxaparece decapitada la estatua de color de bronce de Colón. Alertada por un vecino, la Policía da por hecho que el acto de violencia responde a la ola de violencia racial resurgida las últimas semanas, tras la muerte de una joven manifestante a manos de un neonazi en Charlottesville (Virginia). Apenas unas horas más tarde, el vandalismo se ceba con un monumento al aventurero italiano apadrinado por España, en el barrio neoyorquino de Queens. Varias pintadas se sobreponen a la inscripción de homenaje por su gesta histórica, en las que puede leerse: «Abajo el genocida» y «No honremos al genocida».

Estos dos ataques no son aislados. Tampoco nuevos, aunque la belicosa campaña se expande más que nunca por distintos puntos del país, atribuida a grupos extremistas de izquierdas, como los llamados Antifa (Antifascistas), y radicales pro derechos civiles de los negros, como la organización autodenominada Black Lives Matter. Es su forma de responder a los racistas y supremacistas blancos, a los que ven fortalecidos con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Además de los soldados y generales del ejército confederado en la Guerra Civil Americana, referencia para la extrema derecha y los neonazis de Estados Unidos por haber luchado en defensa de la esclavitud, los símbolos del Descubrimiento de América, y entre ellos su máximo representante, Cristóbal Colón, son el principal objetivo de su renovada caza.

Para los radicales de izquierda, el hombre que puso el primer pie en el Nuevo Mundo, que hoy es el suyo, y los conquistadores españoles que le sucedieron, representan «el capitalismo europeo y el terrorismo genocida» que exterminó a los indígenas, así como el «origen de la esclavitud en América». Así lo denuncia un vídeo de propaganda distribuido en las redes sociales, que describe con imágenes otro acto de violencia ocurrido esos días. Un activista con la cara tapada arremete a mazazos contra el monumento a Colón en la ciudad de Baltimore (Maryland), que con 250 años de vida es el más antiguo del país. Houston (Texas) y Búfalo, en el estado de Nueva York, han vivido también recientes ataques contra estatuas del descubridor.

Aunque no sea fácil de precisar la causa y el efecto, la ola de violencia coincide con un despliegue político sin precedentes en contra de la figura de Cristóbal Colón a cargo de gobernantes demócratas. Con medidas y argumentos ideológicos similares a los que esgrimió el chavismo para reescribir el pasado del continente, ayuntamientos como el de Los Ángeles, han protagonizado iniciativas que intentan bajar del pedestal de homenaje al hombre que cambió la historia de la Humanidad.

La ciudad más poblada de California, de raíces particularmente hispanas, acaba de poner fin formalmente al Día de Cristóbal Colón (que desde 1937 es considerada fiesta federal, el 12 de octubre, cuando el descubridor pisó por primera vez tierra firme tras su larga travesía), que ha sustituido por el Día de los Pueblos Indígenas. La iniciativa fue aprobada por 14 votos a favor, emitidos por un concejo municipal de nutrida presencia hispana y un solo voto en contra: el de un edil de origen italiano que rechaza categóricamente las alusiones a Colón como «responsable del genocidio, las muertes y el sufrimiento de los aborígenes y la gente nativa». Ni las raíces españolas e italianas del alcalde, Eric Garcetti, han impedido que se consumara el giro político. Para algunos californianos críticos con la medida, es cuestión de tiempo que alguien proponga retirar del Capitolio estatal el bello conjunto escultórico que protagoniza Colón en compañía de la Reina Isabel.

El propio Ayuntamiento de Nueva York, la ciudad con la mayor colonia de origen italiano de Estados Unidos, ha abierto el debate para anular cualquier recuerdo de Cristóbal Colón. La violenta labor que llevan a cabo los radicales podría devenir pronto en una pacífica labor institucional, si sale adelante la propuesta de la portavoz del Ayuntamiento, Melissa Mark-Viverito, de retirar el monumento más importante de Colón de los que aún permanecen en pie en Estados Unidos: el Columbus Circle, que luce en la Avenida de Columbus, muy cerca de Central Park. La persona de confianza del alcalde, Bill de Blasio, como él con raíces italianas, se muestra partidaria de dejar de exhibir a un «símbolo de opresión», como califica al marinero genovés.

Colonización anglosajona

La ola en favor del reconocimiento de los indígenas, en detrimento de Colón, se ha extendido los últimos años a las ciudades de Denver(Colorado), Berkeley (California), Phoenix (Arizona), Albuquerque (Nuevo México), Minneapolis (Minnesota) y Seattle (Washington), así como a los estados de Alaska y Vermont. Ninguno de los gobernantes y de los grupos que le apoyan, todos demócratas, ha mostrado la misma determinación a la hora de condenar la exterminación de las diversas colonias indias llevada a cabo por la colonización anglosajona, dos siglos después de Colón y los conquistadores españoles que le sucedieron. La persecución de la imagen del descubridor ofrece versiones para la anécdota, como la que protagoniza Minneapolis. En la capital de Minnesota, una campaña ha reunido miles de firmas para sustituir la estatua de Colón por la de Prince. El argumento principal es que el célebre cantante representa mejor «los valores de la paz, el amor y el entendimiento».